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sábado, 15 de noviembre de 2014

Oviedo, un viaje en el tiempo entre La Regenta y Woody Allen


Santa María del Naranco/Cristina Palomar

Oviedo es una ciudad sorprendente. Situada en el centro geográfico del Principado de Asturias y paso obligado del Camino de Santiago, el antiguo bastión del reino astur de Ramiro y de Pelayo desconcierta al viajero porque bajo la pátina de provincianismo y reminiscencias franquistas en calles y monumentos, se esconde un espíritu levantisco y rebelde que hechiza con su sidra, sus pucheros de fabes y sus quesos, su rica mitología pagana y su cultura cosmopolita.

A partir de un casco viejo peatonal presidido por la majestuosa Catedral y lleno palacios señoriales y de calles empedradas, la capital asturiana se extiende por un amplio valle y se encarama a los montes más cercanos hasta besar los pies de las iglesias pre-románicas de Santa Maria del Naranco y San Miguel de Lillo, vestigios de un esplendoroso pasado de guerras contra los árabes y únicas en el mundo por su estilo arquitectónico entre el arte visigótico y el románico.

En Oviedo todo es verdor y todo rezuma humedad. La lluvia acompaña casi siempre, incluso en verano, y en cada rincón de la ciudad las fuentes ofrecen agua clara y fresca al caminante. Con este paisaje montañoso cuesta imaginar que a unos pocos quilómetros hacia el norte el Mar Cantábrico nos espera en sorprendentes playas como la de Gulpiyuri y en pueblos como Cudillero, cuna del plato de pobres a base de pescado seco conocido como curadillo, y Llastres, escenario de la exitosa serie televisiva Doctor Mateo.

La ciudad provinciana que tanto criticaba Leopoldo Alas Clarín en La Regenta es ahora una ciudad limpia, monumental, cultural y cosmopolita que no ha dudado en sacrificar en el altar de la modernidad a su lengua propia, el asturianu, idioma de origen asturleonés con un fuerte carácter rural surgido de la mezcla entre el astur de los colonizados y el latín de los colonizadores. Hoy se oye poco en la calle y, donde se habla, sobre todo en los pueblos, lo hace lleno de castellanismos debido a huella dejada durante el siglo XX por la emigración de otras zonas de España a las cuencas mineras asturianas. Una graciosa entonación parecida al gallego y la costumbre de añadir diminutivos a la conversación identifican al asturiano cuando usa el castellano.

A pesar de ser la capital de Asturias, Oviedo es una ciudad pequeña y ocupa el segundo puesto, por detrás de Gijón, en el ranking de población del Principado. En sus calles todavía convive el rancio olor a naftalina de sotanas y de uniformes militares de su pasado con el presente de centro universitario y cultural. El clima tampoco acompaña la mayor parte del año. Después de un largo y desapacible invierno del norte, que sumerge Oviedo en un húmedo letargo, la ciudad revive cuando llega el corto verano y se convierte en parada obligada para el turismo, sobre todo el estadounidense gracias al director de cine Woody Allen y a su película Vicky, Cristina, Barcelona.

La crisis económica ha hecho mucho daño en el tejido social de la ciudad y de su entorno, básicamente industrial y minero, ha disparado los índices de paro y ha obligado a los asturianos más jóvenes a emigrar lejos. Por eso, el maná del turismo es siempre bienvenido y todavía lo es más si la invasión llega con ganas de gastarse los dólares a espuertas. Restaurantes, bares, comercios, hoteles y tabernas disparan los precios hasta cifras sorprendentes para el turista nacional y conseguir una mesa para cenar en el centro se convierte en una gesta casi imposible. Sólo los culines de la sidra espichá nos entretienen durante la espera.


El chorizo asturiano es delicioso y se cocina a la sidra/Cristina Palomar
Lo más típico es llegar al casco viejo por la calle Gascona, conocida como la calle de la sidra porque está llena de sidrerías, de terrazas y de bullicio. Esta típica calle desprende un peculiar olor dulzón por la sidra derramada, que se convierte en pegamento para los zapatos que la pisan. El sonido de las gaitas tocando Asturias patria querida guía nuestros pasos hasta llegar a la gran plaza que se abre frente a la catedral y que preside una bonita escultura de Ana Ozores, la protagonista de la novela de Clarín. Sin embargo, antes de llegar a destino es recomendable parar en la panadería que hace esquina entre las calles El Águila y Jovellanos para comerse una buena ración de empanada de cabrales y de bollu preñau a precios muy asequibles.

El decimonónico casco viejo de Oviedo es pequeño y está lleno de iglesias, de plazas recoletas, de palacios ostentosos y de esculturas variopintas que se convierten en un codiciado objeto para fotografiar como recuerdo. No hay que perderse el bonito mercado del Fontán, cuya reconstrucción generó una gran controversia en la ciudad por ser demasiado moderna, como tampoco hay que perderse las tiendas de productos típicos asturianos, empezando por su famoso chorizo que se cocina, como no podría ser de otra manera, a la sidra. El paseo se completa con una visita al Campo de San Francisco y a la comercial calle Uría, nexo de unión entre la moderna Oviedo y la vieja Vetusta de La Regenta.

El complejo pre-románico de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo es de visita obligada, igual que lo es la iglesia de San Julián de los Prados, a pesar de las interminables colas y del largo y empinado camino que hay que recorrer desde el aparcamiento hasta la entrada. Las vistas sobre el valle y sobre Oviedo son impresionantes y, si la suerte acompaña y brilla el sol, el contraste entre el color claro de la piedra restaurada con esmero, el verde de los prados de alrededor y el azul del cielo hacen saltar las lágrimas de emoción ante tanta belleza. Lo único molesto es el bullicio incesante de los visitantes.

El centro histórico de Avilés/Cristina Palomar
Si nos queda tiempo para una escapada y no nos interesa la playa, Avilés es el lugar indicado. Muy bien conectada con Oviedo gracias a una fantástica autovía, Avilés es industrial, por supuesto. En el margen derecho de la ría se alza el parque empresarial del Principado de Asturias, conocido popularmente como Pepa. Sin embargo, debido a la fuerte inmigración sufrida durante el siglo XX de otras zonas del norte de España, Avilés también es una ciudad cosmopolita, con mucho dinero y con una intensa vida cultural.

Justo enfrente de la Pepa y al otro lado de la ría, la pequeña ciudad se muestra muy hermosa y limpia, y las calles adoquinadas y porticadas del centro histórico son sorprendentes. Lo mejor es aparcar el coche en la avenida del doctor Severo Ochoa para no tener que pagar zona azul y desde allí atravesar la plaza del Carbayedo, llena de sidrerías, hasta la calle Galiana, también llena de sidrerías para variar y de bellísimas casas palaciegas.

Lo más recomendable es dejarse llevar y perderse por sus calles peatonales con un buen mapa de la ciudad. Nuestros pasos nos pueden llevar hasta la gran plaza de España -donde una carabela preside el ayuntamiento- y escoger entre girar a la izquierda y bajar hasta el barrio pescador y el bonito mercado de Abastos por la comercial calle La Cámara o tirar hacia la derecha. En el caso de escoger esta última opción, lo más recomendable es dirigirse hacia el puente de San Sebastián. Justo enfrente y para sorpresa del visitante se yergue el Centro Cultural Internacional Avilés, obra del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer.

Centro Cutural obra del arquitecto Oscar Niemeyer

El edificio -del típico hormigón armado, formas redondeadas y  blanco impoluto marca del artista- contrasta con el fondo industrial y con las famosas cinco chimeneas que presiden el polígono siderúrgico de Avilés creando un sugerente paisaje postnuclear. El Centro Cultural, inaugurado en el 2011, es el proyecto más ambicioso del arquitecto brasileño en Europa y por si solo bien vale una visita. En Asturias nada es lo que parece.

Artículo publicado en eldiario.es vía catalunyaplural

Nota: Debido a las quejas de algunos asturianos vía twitter, he hecho algunos cambios en el texto. Resulta que bable no les gusta para definir su lengua porque lo consideran una palabra despectiva. Ellos prefieren hablar de asturianu. Alguno también se ha molestado al interpretar erróneamente que cuando hablo del acento parecido al gallego, estoy hablando de la lengua, cuando en realidad lo hago del hombre-mujer asturiano que habla castellano. Así que para no herir susceptibilidades, aunque provengan de interpretaciones erróneas, he añadido la aclaración. Espero que se acaben los twitts cagándose en mí en asturianu.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El doctor Mateo ni está ni se le espera

Llastres desde la terraza de la taberna de Tom/Cristina Palomar
Si Cudillero es bonito, Llastres no tiene nada que envidiarle tanto en lo bueno como en lo malo. Este pueblo, situado en la costa oriental de Asturias entre Gijón y Ribadesella, también mira al Cantábrico subido en las faldas del acantilado y en lugar de playas tiene puerto. Sus casas trepan por la falda de la montaña y sus callejuelas sinuosas en pendiente son un verdadero reto para el caminante.

En agosto está a rebosar de turistas y la razón fundamental de tanto trasiego es la publicidad conseguida gracias a una exitosa serie de televisión de Antena 3 protagonizada por un peculiar médico de pueblo: el Doctor Mateo.

Llegamos a Llastres a la hora de comer y nos costó horrores encontrar una mesa libre. Mucha gente y poca oferta gastronómica. Al final, después de dar un montón de vueltas y rechazar un menú degustación de 30 euros, acabamos almorzando en un sencillo bar del pueblo una fabada de puchero y un decente salpicón de marisco. El café fue a cargo del propietario, que aquel dia celebraba que le habían hecho abuelo.

Encontrar aparcamiento también fue una odisea y, tanto si aparcas en la parte alta como si lo haces en la parte baja, la paliza de caminar arriba y abajo está asegurada.

Por si te desorientas/Cristina Palomar
En la oficina de turismo pedimos un mapa de Llastres y nos sorprendieron dándonos uno con los escenarios de la serie de televisión: la casa del doctor, la de la maestra, la peluquería, la taberna, la comisaria...

En casa seguíamos cada domingo las peripecias del doctor, así que nos dedicamos a recorrer Llastres buscando los escenarios, muchos de los cuales eran pura ficción como la terraza con unas vistas al mar muy bonitas que tenía Tom el tabernero.

Gracias a Doctor Mateo conocí un poco más del peculiar carácter asturiano y supe que si me dicen pixín no es porque mi cara se parezca a un rape, sino que es una apelativo cariñoso. Soy fan de su protagonista, Gonzalo de Castro, y todavía me pregunto por qué dejaron de hacer la serie.


lunes, 16 de septiembre de 2013

El curadillo con fabes de Cudillero

Los restaurantes inundan Cudillero7Cristina Palomar
Cudillero es visita obligada porque todas la guías dicen que es el pueblo más bonito de la costa asturiana. Las casitas de Cudillero trepan desde un  anfiteatro por las ladera de las montañas que lo rodean y en los últimos años el turismo ha triplicado su superficie, ha plagado de restaurantes la parte baja del pueblo y ha convertido el puerto en una peligrosa zona de baños entre barcas, grasa y gaviotas. 

Lamentablemente, la sobreexplotación turística está destruyendo el pueblo e intentar visitarlo en agosto es una locura. Acceder hasta el mismo centro es una misión casi imposible porque la empinada y estrecha carretera que lo recorre casi siempre está colapsada de coches y encontrar una mesa libre para comer requiere de mucha paciencia. Nosotros la conseguimos a las cuatro de la tarde.

Lo mejor es aparcar en la zona del puerto siempre que encuentres sitio y caminar por la carretera porque la visión de Cudillero desde el mar es sorprendente a pesar de la constante marea humana.

Lo más aconsejable para pasar unos días en la zona es alojarse en los pueblos de alrededor. Nosotros lo hicimos en El Pito, en una hermosa hacienda llamada La Casona de la Paca. El hotel es muy bonito y sus desayunos son memorables.

Desde El Pito se puede ir caminando hasta Cudillero. La ruta te lleva hasta el pueblo por la parte más elevada y desde allí puedes recorrer el anfiteatro de punta a punta o admirar las hermosas vistas con el mar de fondo desde los miradores. No aconsejo perderse por entre las casas porque sus empinadas calles no son aptas para cardíacos.

El curadillo parece un murciélago/Cristina Palomaar
Cudillero no siempre ha sido un pueblo rico. Las casuchas de pescador excavadas en la roca -hasta hace unos pocos años sin luz ni agua corriente- recuerdan su pasado terriblemente pobre.

También lo recuerda su gastronomía y concretamente el curadillo, un pescado que se dejaba secar durante meses en las ventanas de las casas y que se comía guisado en invierno cuando salir al mar era imposible. El plato típico de Cudillero era hasta hace unos años el curadillo con fabes. Ahora es casi imposible encontrarlo en los menús y cuando lo pides te responden que eso es comida de pobres.

 Mejor una langosta.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La sorprendente Avilés de Niemeyer

El Centro Cultural de Oscar Niemeyer en Avilés
Pasar las vacaciones en Asturias y encadenar unos cuantos días de lluvia y mal tiempo es un riesgo que hay que correr siempre que se viaja al norte aunque sea en agosto.

Después de días sin ver el sol y agotar todas las excursiones a la zona, preguntamos a la propietaria de nuestro bello hotel La casona de la Paca (en Pito, al lado de Cudillero) por el camino a Gijón y nos sorprendió su respuesta. "De Gijón, lo único bonito es su playa. Si no te interesan las tiendas, mejor ves a Avilés", insistió ante mi incredulidad.

Para mí, Avilés siempre ha sido sinónimo de ciudad provinciana, gris e industrial, no de ciudad digna de ser visitada. ¡Y que gran error el mío! 

Avilés es industrial, por supuesto. En el margen derecho de la ría se alza el parque empresarial del Principado de Asturias, conocido popularmente como Pepa. Sin embargo, debido a la fuerte inmigración sufrida durante el siglo XX de otras zonas del norte de España, Avilés también es una ciudad cosmopolita, con mucho dinero y con una intensa vida cultural.

Justo enfrente de la Pepa y al otro lado de la ría, la pequeña ciudad se muestra muy hermosa y limpia, y las calles adoquinadas y porticadas del centro histórico son sorprendentes.

Nosotros aparcamos el coche en la avenida del doctor Severo Ochoa para no tener que pagar zona azul y desde allí atravesamos la plaza del Carbayedo, llena de sidrerías, hasta la calle Galiana, también llena de sidrerías para variar y de bellísimas casas palaciegas.


La calle Galiana con sus porches/Cristina Palomar
Lo más recomendable es dejarse llevar y perderse por sus calles peatonales con un buen mapa de la ciudad. Puedes acabar en la gran plaza de España -donde una carabela preside el ayuntamiento- y escoger entre girar a la izquierda y bajar hasta el barrio pescador y el bonito mercado de Abastos por la comercial calle La Cámara o tirar hacia la derecha.

Si escoges esta última opción, lo más recomendable es dirigirse hacia el puente de San Sebastián. Justo enfrente y para sorpresa del visitante se yergue el Centro Cultural Internacional Avilés, obra del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, fallecido el año pasado a los 104 años.


El edificio -del típico hormigón armado, formas redondeadas y  blanco impoluto marca del artista- contrasta con el fondo industrial y con las famosas cinco chimeneas que presiden el polígono siderúrgico de Avilés creando un sugerente paisaje postnuclear.

El Centro Cultural, inaugurado en el 2011, es el proyecto más ambicioso del arquitecto brasileño en Europa y por si solo bien vale una visita. A la vuelta, nos refrescamos en la fuente de Caños de Rivero y nos sentamos en silencio y todavía impresionados en un banco del bonito parque de Ferrara.


domingo, 8 de septiembre de 2013

Woody Allen estuvo aquí

La Regenta y la catedral de Oviedo/Cristina Palomar

Llegar a Oviedo desde León en coche impresiona y no sólo porque una fantástica autovía te ahorra tener que atravesar la imponente cordillera cantábrica y el temido puerto de Pajares. Impresiona porque la infraestructura es una gran obra de ingeniería y porque de golpe dejas los llanos infernales de Castilla y León para introducirte en un mundo mágico lleno de niebla, agua, humedad, verde y todos los demás colores del arco iris pintados en las casas asturianas.

La ruta te lleva directo hasta la capital de Asturias después de atravesar unos cuantos pueblos escondidos entre pronunciados valles y dejar a un lado Mieres, importante centro minero y siderúrgico.

Oviedo es más que la capital situada en el centro geográfico del Principado y paso obligado del Camino de Santiago. Es, sobre todo, otro ejemplo de lo que el trasnochado nacionalismo mesetario puede hacer con una ciudad que fue capital del reino astur y que se fundó en el 761 para defender el cristianismo de la invasión árabe.

Algunas de sus calles todavía llevan nombres que glorifican la dictadura franquista como la céntrica Avenida de la División Azul o la calle del teniente coronel Tejeiro.
Por suerte, el franquismo provinciano y cateto no ha acabado del todo con su explendor y el Oviedo de La Regenta resurge como una ciudad "cultural, monumental, cosmopolita, limpia y peatonal", según las guías. 

Yo añadiría también un poco cara y llena de norteamericanos gracias a Woody Allen.


Típica calle del Oviedo histórico/Cristina Palomar
La mayoría de las visitas se pueden hacer a pie porque se concentran en el casco viejo presidido por la Catedral, un montón de iglesias, casas señoriales, esculturas y calles y plazas empedradas. Lo más lógico es llegar al centro histórico por la calle de la sidra (calle Gascona) llena a rebosar de sidrerias, de terrazas y de turistas.

Yo me guié por el sonido de las gaitas asturianas pero antes de irrumpir en la plaza y ver decenas de gaiteros y gaiteras tocando Asturias patria querida es visita obligada parar en la panaderia que hace esquina entre las calles El Águila y Jovellanos para comerse una buena ración de empanada de cabrales o atún y unas roscas dulces a un precio asequible para un bolsillo en crisis.

Las iglesias nunca han sido objeto de mi devoción, así que me dediqué a pasear por la ciudad vieja y a fotografiar el bonito mercado del Fontán. Si hay tiempo, el paseo por el Campo de San Francisco y la comerial calle Uría es una delicia.

En verano, Oviedo se llena de turistas y todos los bares, restaurantes, hoteles y comercios de la ciudad aprovechan para hacer el agosto disparando los precios. Por eso, una alternativa es hospedarse en alguna de las casonas asturianas repartidas por las laderas. Yo estuve tres noches en Casa Camila, una acogedora casa situada en Fitoria de Arriba y propiedad de Antonieta con unas hermosas vistas del valle. La lástima es que nos hizo el típico clima ovetense: lluvia, humedad y frío todos los días. 


La hermosa Santa Maria del Naranco/Cristina Palomar
También son visita obligada las iglesias pre-románicas, una virguería del arte a caballo del tosco arte visigótico y del románico. A pesar de la lluvia visité las iglesias de San Julián de los Prados (casi a las afueras de Oviedo y cerrada a cal y canto) y de San Miguel de Lillo, y el archiconocido palacio de Santa María del Naranco que aparece en la olvidable película Vicky, Cristina, Barcelona.

Éstas dos últimas construcciones que pude ver con algo de sol no están en la ciudad, sino en una ladera, así que no hay más remedio que ir en coche o taxi. Para visitarlas hay que pagar 3 euros al guía, que en un suspiro te hace un resumen de todo porque la cola de visitantes que esperan turno no tiene fin.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El arte de escanciar la sidra

La sidra, siempre en botella verde/Cristina Palomar
¡No dejes de probar la sidra! insistieron mis amigos asturianos recordándome que es una de las muchas aportaciones que esta tierra ha hecho a la gastronomía mundial, ya que no sólo se bebe sino que también se cocina con ella. Así que nada más llegar a Oviedo me fui a cenar un surtido de quesos de la tierra con sidra, un extraño bebedizo resultante de la fermentación alcohólica del mosto de las manzanas autóctonas (principalmente Raxao y Xuanina) que se bebe frío y que no a todos entusiasma por igual.

Para beber sidra, nada mejor que una sidreria, te dicen. La pena es que actualmente cualquier bar asturiano, por cutre que sea, se autodefine como tal, así que uno tiene que ir con cuidado donde se mete.

Lo que más sorprende nada más entrar en una sidreria es el extraño olor, seguramente producto de la cantidad de litros de zumo de manzana fermentado que han acabado empapando el suelo con los años por mucho que se pase el mocho. Y no es que la gente tire la sidra al suelo como hacen los griegos con los platos.

Lo que pasa es que la sidra se sirve escanciada y ni el más habilidoso camarero puede evitar que alguna gota se escape a pesar de que la mayoría la vuelcan sobre un cubo.

Fiesta de la sidra de Gijón
Para los que no sepan que significa escanciar (entre ellos yo antes de ir a Asturias), esta extraña palabreja define el proceso por el cual la sidra no se vierte directamente en el vaso, sino que se sirve haciendo caer un hilo de líquido de la botella hasta el vaso desde más de un metro de altura.

La sidra, al golpear el vaso, se rompe (espicha) y se llena de aire, el aire se mezcla con el carbónico de la sidra y se convierte en una bebida con gas. Este curioso sistema de servir la sidra obliga al estresado camarero a estar pendiente de cada mesa, aunque si se olvida de ti siempre puedes probar a escanciarla tú mismo y arriesgarte a acabar bien rociado. También puedes utilizar un peculiar tapón de plástico verde de escanciador.

Según marca la tradición, la sidra se sirve siempre en mano, se toma en un vaso ancho y la cantidad vertida no debe superar nunca los tres dedos (culín). Es de buena educación dejar un poquito para luego echarlo por donde has bebido ya que de esta forma se limpia el vaso compartido para el siguiente bebedor, pero este bonito acto social de camaradería se está perdiendo porque todos nos hemos vuelto muy egoístas y ahora se sirve un vaso por persona.

Acabarse una botella de sidra es difícil a no ser que la compartas o que seas asturiano. Sin embargo, todas las sidrerias te cobran la botella entera y casi ninguna te la deja llevar a casa aunque la hayas pagado.

domingo, 1 de septiembre de 2013

En Asturias se habla (poco) bable

Bable en las escuelas

Pocas guías turísticas recuerdan al visitante que Asturias tiene un idioma propio (aunque lo hablan muy pocos). La idea de que en España se habla sólo el español y que todos vamos por la calle vestidos con traje de flamenco y dando palmas al grito de ole, ole, ole provoca situaciones tan surrealistas como el cuadro que mi profesora de inglés pintó sobre el Camino de Santiago con abanicos, peinetas y castañuelas, y que tantos aplausos cosechó entre los ignorantes londonitas. 

En Asturias se habla el bable o asturianu, una lengua asturleonesa con un fuerte carácter rural que también comparten leoneses, zamoranos y portugueses de Miranda do Douro (allí la llaman mirandés) y que proviene de la mezcla del latín de los romanos colonizadores con la lengua de los colonizados astures.

El bable tiene una gramática, una ortografía y un diccionario propios, así como una Academia de la Lingua Asturiana aunque, lamentablemente, no está reconocido como lengua oficial y su uso es muy limitado. Tampoco me consta que se publique prensa en asturiano a pesar de tener una gran tradición periodística.

El asturianu normativo que se enseña actualmente en las escuelas se inspira en el dialecto central situado en las zonas industrial y minera del Principado. Por eso no es extraño que esté plagado de castellanismos, ya que las continuas oleadas de emigración de otras zonas de España hacia las cuencas mineras asturianas del siglo XX han provocado grandes estragos. La pérdida de las oclusivas sonoras, la e paragógica de origen medieval (también usada en italiano y gallego) y la deformación de cultismos son algunos ejemplos.

Señalización en castellano y bable
Sin embargo, y a pesar de la amenaza que suponen el español y el gallego para la supervivencia del bable, todavía es posible escucharlo en los pueblos y entre la gente más mayor. Muchas de las ciudades y pueblos de Asturias se escriben ya en los dos idiomas y uno de los quesos asturianos más famosos hace honor a la lengua de su tierra al llamarse Afuega'l pitu, que traducido al castellano puede significar el extraño ahogar el pollo o mejor aún ahogar la garganta porque se queda pegado al paladar y sólo se despega con un buen trago de sidra espichada.

miércoles, 28 de agosto de 2013

El funicular de Álvarez Cascos

Bulnes turístico/Cristina Palomar

Viajar a Asturias y no dedicar un par de días a recorrer la zona del parque nacional de los Picos de Europa es casi un sacrilegio. Sorprende lo cercanas que están las montañas de la costa y tanto desde Ribadesella como desde Llanes (Costa oriental) no se tarda más de una hora en coche en llegar a la cuna del queso Cabrales.

Mi objetivo era Bulnes, un pueblo habitado por una veintena de familias y situado en la falda del Pico Urriello (Naranjo de Bulnes, 2.519 metros) al que hasta hace unos años sólo se podía acceder por un tortuoso camino entre las montañas que sólo utilizaban alpinistas, mulas y vecinos.

Entrada al funicular/Cristina Palomar
Bulnes gozaba de una tranquilidad pasmosa en su aislamiento invernal hasta que en 1998 se convirtió en el centro de una polémica cacicada protagonizada por el ministro de Obras Públicas asturiano Francisco Álvarez Cascos, que se empecinó en construir un funicular para abrir el pueblo al turismo de masas.

La faraónica obra costó más de doce millones de euros y ahora se conecta Bulnes con Poncebos en siete minutos por un túnel subterráneo que salva un desnivel de unos 400 metros. Llegar en funicular hasta Bulnes cuesta la friolera cantidad de 21,50€ y cuando sales del túnel tienes que caminar un buen tramo hasta llegar al pueblo.

El pueblo es pintoresco pero está perdiendo todo su encanto. Encajonado entre altos picos y bañado por un riachuelo de agua helada, Bulnes está lleno de restaurantes -la mayoría cutres- y de tiendas de souvenirs que venden lo mismo que encuentras en el resto de Asturias.

Además, en agosto, intentar encontrar una mesa libre para almorzar se puede convertir en una odisea, así que lo mejor es llevar picnic. Por lo demás, parece un pueblo fantasma porque no vive casi nadie, sobre todo en invierno.

Uno de los lagos de Covadonga
Otro lugar peculiar que visitar en la zona es la masificada Covadonga. Si eres cristiano devoto disfrutarás con el santuario dedicado a la Virgen de Covadonga (la Santina) y con la gruta donde se erige una figura de la virgen y donde están enterrados los reyes asturianos Pelayo y Alfonso I. También te hará falta mucha paciencia porque siempre está lleno de gente y aparcar es casi un milagro.

Para los no creyentes, lo mejor es visitar los lagos Enol y Ercina, situados un poco más arriba de la basílica. El paisaje es imponente, la carretera arriesgada y las vacas que se atraviesan en el camino tienen muy mal genio.

Puente romano de Cangas de Onís
Otra opción menos peligrosa es visitar los lagos desde Cangas de Onís con unos autobuses lanzadera que salen desde un párquing situado a las afueras del núcleo urbano. Si optas por esta alternativa no te olvides de visitar a la vuelta la población, capital del reino de Asturias hasta el 774 y escenario de la Batalla de Covadonga, donde Don Pelayo venció a los musulmanes y fundó el primer reino cristiano de la península después de la derrota de los visigodos.

En Cangas, cada piedra esconde una historia.


lunes, 26 de agosto de 2013

Trasgus, dinosaurios y calamares gigantes

El travieso trasgu
Erase una vez un niño llamado Xinxinos que se portaba siempre muy mal. Un día, cortando leña, le preguntó a su madre dónde debía dejar el pesado haz de madera que llevaba en la espalda y la mujer, harta del mal comportamiento de su hijo, le respondió que lo pusiera en los cuernos de la luna.

Desde entonces, Xinxinos vaga por los bellos bosques asturianos sin descanso y en las noches de luna llena se aparece a los mortales cargado con la pila de leña dándoles un susto de muerte. Un castigo excesivo por ser travieso, francamente.

Una ninfa moderna
Xinxinos es sólo uno de los muchos seres mágicos que integran la rica mitología asturiana, heredada de las religiones paganas que un día poblaron la cornisa cantábrica y que demuestran el amor incondicional de los astures por el mar y la montaña.

Por sus milenarias tierras han pasado desde dinosaurios hasta personajes mitológicos de nombres tan increíbles como el trasgu (un gnomo), el busgosu (un fauno) el cuélebre (la serpiente), el nuberu (el conductor de nubes), las xanes (las ninfas) o las serenes (las sirenas), así que no es nada extraño que ni se inmuten cuando aparece entre las redes de alguna barca un calamar gigante de más de 50 kilos de peso. En Asturias todo es posible.

De entre todos los personajes fantásticos asturianos yo me quedo con los mouros y con los espumeros por lo de mar y montaña. Los primeros son una peculiar raza de enanos que vive bajo tierra trabajando la metalurgia y jugando a los bolos. Son los constructores de los dólmenes y los castros, y sólo salen a la superficie por la noche o en la fiesta de San Juan.

Los segundos son duendes del mar vestidos de algas y caracolas. Los espumeros morenos guían con sus ojos brillantes a los pescadores en días de niebla para que lleguen sanos al puerto. Los rubios son los que visitan a las familias para llevar noticias de los marineros.

Espectacular imagen de Ribadesella

Para conocer más sobre estos sorprendentes personajes de una forma original lo mejor es recorrer el Paseo de la Grúa de Ribadesella. Situado al final del casco viejo de la ciudad siguiendo la desembocadura del río Sella y justo enfrente de la bonita playa de Santa Marina, el paseo repasa la mitología asturiana a través de unos curiosos mosaicos con dibujos de Mingote.

Yo lo recorrí una lluviosa tarde de verano después de comerme un pescadito frito en la calle Comercio y llegar hasta la ermita de la punta fue toda una odisea, pero valió la pena porque las vistas del Cantábrico son sobrecogedoras.

sábado, 24 de agosto de 2013

Tomar el sol de espaldas al mar (II)

El Arenal de Morís con marea baja/Cristina Palomar
El éxito de las playas asturianas es tal que muchos alcaldes se están planteando cobrar un peaje a los turistas que se acercan con el coche y también a los que acampan por libre con sus autocaravanas. En algunos municipios ya lo hacen desde hace unos años y justifican este impuesto revolucionario discriminatorio recordando que el invierno asturiano es duro y largo, y que los recursos públicos para hacerle frente son cada vez más pequeños. 

Lamentablemente, la población asturiana no deja de envejecer y en las zonas industriales y mineras la crisis está obligando a muchos a volver a emigrar.

Pero mientras los políticos discuten sobre la idoneidad de la propuesta y las consecuencias que puede tener para una fuente de ingresos tan importante como el turismo, yo seguiré hablando de las bellas playas asturianas, en este caso de la costa oriental.

A diferencia de la Costa Verde, en el tramo que va desde Gijón hasta Unquera -en la frontera con Cantabria- las playas son más extensas y abiertas al furioso viento que tanto gusta a los surfistas. Al final pierdes la cuenta de cuántas has llegado a visitar en un día.

La playa de Cuevas del Mar/Cristina Palomar
Para mí, dos de las más hermosas son las playas de Cuevas del Mar y el Arenal de Morís. Visité las dos un lluvioso día de frío y viento, y el espectáculo no dejó de maravillarme al igual que la osadía de los grupos de jóvenes que se bañaban desafiando las olas.

Cuevas del Mar impresiona porque no descubres las grutas y la curiosa forma que el mar ha dado a la roca hasta que no estás justo delante. La playa es extensa y tiene un chiringuito fantástico que ofrece las mejores vistas del conjunto artístico natural. Del Arenal de Morís me cautivaron los extraños dibujos de las rocas y no pude dejar de recordar la playa del Planeta de los Simios justo cuando Charlon Heston descubre los restos de la estatua de la Libertad.

La misteriosa playa de Gulpiyuri
Sin embargo, he dejado para el final de los dos apuntes sobre las playas de Asturias la de Gulpiyuri. Es la joya de la corona y curiosamente no se anuncia desde la carretera como el resto para evitar su masificación.

Aún así, en agosto se llena de gente hasta la bandera aunque yo no tuve problema porque, a diferencia de los asturianos, yo estoy acostumbrada a madrugar para ir a la playa a coger sitio. Gulpiyuri es una maravilla y un milagro de la naturaleza. Su peculiaridad es que no está abierta al mar directamente, sino que se nutre del agua que se filtra por una estrecha abertura.





lunes, 19 de agosto de 2013

Tomar el sol de espaldas al mar (I)

La playa del Silencio/Cristina Palomar
Asturias es urbana, es industrial y es rural, pero sobre todo es marinera. Sus 345 kilómetros de costa nos regala 200 bellas playas dónde perderse y un bravo mar con un intenso olor a sal y algas en descomposición. Otra cosa para una mediterránea como yo es pretender bañarse incluso en pleno agosto.

A pesar de insistir en que el agua del Cantábrico este verano está más calentita que otros años, yo sólo he conseguido meterme en el mar hasta las rodillas en la playa del Silencio, una hermosa cala situada en la costa occidental asturiana cerca de Cudillero, uno de los pueblos más bonitos de la Costa Verde.


Las piedras de la Concha de Artedo/Cristina Palomar
Mis problemas para darme un buen chapuzón en las playas asturianas no sólo se han limitado a la temperatura del agua. Lo primero es que haga un día soleado y sin viento, cosa que no siempre es fácil. Lo segundo es coincidir con la marea baja y lo tercero es llevar un buen calzado de goma para sortear la cantidad bestial de piedras que hay dentro y fuera del agua, sobre todo si decides bañarte en la Concha de Artedo, una imponente rada entre los pueblos de Artedo y Lamuño.

A esto hay que añadir, en el caso de la playa del Silencio, caminar 800 metros en pendiente y bajar una empinada escalera de piedra cargada con toallas, sombrilla, nevera y lectura. Una vez allí, resulta que de silencio nada: la playa está llena de gente y hay un enorme perro pulgoso de un grupo de hippies que le encanta revolcarse en las toallas de los demás.

Intentar estirarse a tomar el sol es también toda una aventura porque si no llevas una buena hamaca que te aísle de la humedad, no te queda más remedio que tumbarte sobre las piedras para alegría de tu espalda.

Finalmente, cuando consigues estirarte te das cuenta que hay algo que no cuadra con tu estructura mental playera. Si te pones mirando hacia el agua para que recibir la refrescante brisa marina, el sol te da en el cogote porque casi todas las playas miran hacia el norte o el oeste. Así que no queda otra que tomar el fuerte sol del norte de espaldas al mar.


Los Quebrantos/Cristina Palomar
Cuando una está acostumbrada a la arena dorada del Mediterráneo cuesta encontrar bonita una playa de arena negra. Siguiendo las recomendaciones de la hotelera me acerqué a Los Quebrantos, una playa situada en Soto del Barco.

A los asturianos les encanta caminar por la arena con los pies descalzos aunque haga un frío de mil demonios y para no parecer marciana decidí hacer lo mismo sin saber que la caminata me llevaría dos horas entre ida y vuelta porque Los Quebrantos se junta con el Playón de Bayas y nadie te avisa.

Dos semanas y un montón de restregones después sigo teniendo las uñas de los pies negras.