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Castillo de Dúnnotar/Cristina Palomar |
Que te toque la lotería es como disfrutar de un día soleado en Escocia. Casi un milagro. Por eso, cuando la lluvia te da un respiro y el país del intrépido William Wallace se muestra en todo su esplendor, no hay que perder ni un minuto.
Encrucijada
de caminos, escenario de cruentas batallas y de películas de Hollywood, paraíso
del whisky y hogar del monstruo del lago Ness, Escocia es un regalo para los
sentidos. Tierra dura e inhóspita, esculpida sin piedad por los dioses a golpe
de viento y agua, se muestra orgullosa, puritana y desconfiada al extraño. Sin
embargo, después de un par de tragos en un pub, el calor del alcohol y el
sonido de las gaitas funden su huraña fachada y se muestra tal como es:
cordial, generosa y llena de contradicciones.
La vieja
dama escocesa tiene dos almas. Es urbana y es rural. Es celta y es británica. Es
mar y es montaña. Es cerrada y es abierta. Es el llano y es las tierras altas
–Highlands-. Es Edimburgo y es Glasgow.
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La milla real en un día de lluvia/Cristina Palomar |
Edimburgo, de piedra ennegrecida, parece un buque varado con su imponente castillo en la proa y la residencia oficial de la reina de Inglaterra en la popa. Desde los escaparates de las tiendas de la Milla Real, los maniquíes vestidos con las típicas faldas escocesas –kilts- contemplan impertérritos el trasiego de peatones y coches por sus calles empedradas. La capital escocesa es una ciudad universitaria y cosmopolita, es artística y es política. Su Parlamento, obra del arquitecto catalán Enric Miralles, es visita obligada no tanto por la originalidad del edificio, sino por su diseño sorprendentemente rompedor para una sociedad tan convencional.
Los setenta
kilómetros que separan Edimburgo de los astilleros de Glasgow son un mundo. Rica
ciudad industrial en el pasado y condenada al ostracismo durante el implacable
gobierno de Margaret Thatcher, Glasgow es una ciudad obrera y contaminada que
esconde delicadas joyas arquitectónicas.
Desahuciada
por la política de deslocalización que promovió la Dama de hierro durante la década de los ochenta para acabar con el
poder de los sindicatos, la cuna del modernismo de Charles Rennie Mackintosh se
está reinventando con éxito para dejar atrás su imagen fantasmagórica de
fábricas vacías y hierros oxidados. La inmigración y los jóvenes han vuelto a
repoblar sus calles y los supporters del Celtic Futbol Club y de los Rangers
siguen tirándose los platos a la cabeza.
Escocia no
sería nada sin las historias de los indómitos guerreros pictos y de los fantasmas
bromistas que pueblan sus castillos. Entre la bonita Saint Andrews -ciudad
universitaria de la jet set, cuna del golf y escenario de Carros de Fuego- y la gris Aberdeen –hogar de Alex Salmond y punto
de partida hacia las plataformas petrolíferas del Mar del Norte- las ruinas de
Dúnottar dejan sin aliento. Erigido en un promontorio frente al mar y rodeado
de playas inhóspitas, el castillo soportó durante siglos los ataques de
vikingos y sajones, y dio refugio al ejército de William Wallace. Hoy es el
lugar preferido de los recién casados escoceses para fotografiarse.
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Castillo de Eilean Donan/Cristina Palomar |
Si el castillo de Dúnottar fue el escenario de la guerra contra los ingleses, el de Eilean Donan lo fue de la inolvidable lucha a espada entre Sean Connery y Christopher Lambert en la primera parte de Los Inmortales. Situado en un entorno de película, sobre una pequeña isla punto de encuentro de tres lagos, el castillo de Eilean Donan es uno de los iconos, junto con el lago Ness, más importantes de las tierras altas escocesas.
Dicen que
para ver mejor al monstruo del lago Ness es imprescindible hacer antes unas
cuantas paradas en las destilerías de whisky que hay entre Aberdeen e
Inverness. En ruta, sorprende la cantidad de marcas de neumáticos y de
tapacubos abollados que se encuentran en la carretera. El alcoholismo sigue
siendo uno de los problemas más graves de la sociedad escocesa y la ciudad de
Inverness encabeza el ranking de suicidios, sobre todo durante los seis meses
de frío y oscuro invierno.
El paisaje
que rodea el lago Ness es impresionante. Las frías aguas donde supuestamente
habita Nessie cubren una profunda sima que parte Escocia en dos. El ser
mitológico que llena de pesadillas el etílico descanso de los escoceses es en
realidad una hembra inofensiva que se alimenta de peces y se divierte volcando las
barcas de los pescadores con su larga cola. Al menos eso es lo que explican en
el museo.
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Destilería de whisky en Dufftown/Cristina Palomar |
Las montañas y los lagos se suceden de camino hacia la bucólica isla de Skye, con sus acantilados, prados verdes y casitas blancas; y sorprende la huella que las invasiones vikingas han dejado en el oeste de Escocia. Sus habitantes son más altos, más rubios y más guapos, y la insípida carne con salsa que acompaña al viajero durante la ruta deja paso al pescado, bacalao y salmón sobre todo.
Antes de
dejar las tierras altas del oeste hay que hacer un alto en la ciudad de Fort
William, una antigua fortificación construida por los escoceses para luchar
contra el ejército inglés de Oliver Cronwell convertida ahora en campo base
para ascender al Ben Nevis, el pico más alto del Reino Unido con 1.344 metros.
Los valles que rodean la ciudad atraen cada verano a miles de senderistas y
montañeros, y también han sido el escenario de películas como Braveheart, Rob Roy: la pasión de un
rebelde, y Harry Potter y la piedra filosofal. Toda Escocia es un gran
plató de cine.
Artículo publicado en eldiario.es vía catalunyaplural
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